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Aquí he puesto unos ejemplos de composiciones mías sobre unos temas libres...
El puente de hierro
El puente de hierro… Es uno de los miles existentes en todo el mundo y uno de sus recuerdos infantiles más poderosos al mismo tiempo. Él era para aquellos niños no sólo una construcción que permite pasar de un lugar a otro sino algo más…
Era algo parecido al puente entre dos dimensiones… Es decir, estaba dividiendo su mundo en dos partes, él estaba entre dos barrios. Uno de las casas urbanas, autobuses, cafeterías, árboles polvorientos y flores marchitadas. Y otro de calles tranquilas, casas privadas, huertos llenos de verdura suculenta y lugares incontables para jugar.
A veces este puente les recordaba a un gigante en un país de pigmeos a quienes él permitía utilizar su espalda. Un gigante bondadoso, que nunca guardaba ofensa para quien le molestaba. De lo que él carecía era de una dueña. Por eso, a veces, especialmente los inviernos, él se parecía a un huérfano. Abandonado, sin familia, sin caricia, sin cuidado estaba cubierto todo de nieve. Los ancianos lo maldecían por el peligro de deslizarse y los pequeños lo bendecían por la oportunidad que él les daba a hacer un viaje largo y excitante sobre sus peldaños montando sus carteras.
Los veranos, otoños y primaveras a los pequeños este puente les proporcionaba otra aventura. Estaban como gorriones cerca de sus pasamanos, esperando trenes. Al pasar debajo del puente el tren echaba una nube inmensa y negra de humo y emitía un sonido tremendo. Unos segundos muy largos los niños estaban ocultos sin saber dónde están, sin sol, sin sensación de presencia de ninguna persona en este mundo. Estaban asustados y muy satisfechos a la vez.
Así aprendían la realidad como una cosa inestable, que puede desaparecer en un instante… Tal vez desde aquellos tiempos empezó su formación en filosofía. La filosofía de los cambios permanentes de todo lo que nos rodea, la búsqueda de sensaciones nuevas en este mundo viejo y ganas inmensas de observar los horizontes amplios, como en aquella época de infancia, pasada en el puente.
Un volcán más temible de mi vida
Alrededor de la cuenca del Océano Pacífico hay muchos volcanes.
Este enorme anillo que bordea casi toda la costa de ese océano, desde Australia y el sudeste de Asia hasta Suramérica, pasando por Japón, China, Estados Unidos, México y Centroamérica se llama "Cinturón de Fuego"…
Indonesia tiene la mayor cantidad de volcanes activos del mundo, ya que casi el trece por ciento están situados en su territorio…
Escasas líneas escritas en la página de un manual de geografía… El libro de un niño para quien las montañas que veía siempre eran silenciosas y seguras y el suelo nunca le proporcionaba una sensación de inestabilidad… Tal vez para la población de la Tierra, que vive en los territorios alejados de los volcanes los últimos son nada más que una parte de mitos, cuentos y leyendas por su inolvidable impresión y la sensación del constante peligro.
Pero el hecho de nacer y vivir durante toda la vida cerca de tal construcción natural como un volcán cambia las cosas por completo. No cuesta mucho creer que para los habitantes de las regiones con volcanes la presencia de estos gigantes a su lado se percibe muy natural. La gente que vive cerca de sus cumbres, a menudo rodeadas del humo de las fumarolas, ya no aparta su naturaleza de la naturaleza de los volcanes, ellos forman la parte de su imagen del mundo.
Pero a veces las cosas no son tan unívocas. Recuerdo un volcán que componía una parte de mi vida durante un verano entero de mi época infantil. Aquel verano lejano tuve que pasar en la casa de una tía mía…Para almorzar la tía cubría la mesa para todos los familiares en una habitación con mucha luz, aparadores de ángulos redondos, sofás con almohaditas de terciopelo y unos grandes cuadros por las paredes.
Yo siempre procuraba sentarme de tal manera para que no viera uno que me inquietaba tanto. En realidad era una reproducción de un cuadro muy famoso y representaba para mis ojos un espectáculo espantoso: la gente medio vestida, las caras aterrorizadas y resignadas a la vez con su destino, las nubes de color inolvidablemente negro, de color que no dejaba ni una pizca de esperanza para todos los seres vivos... Los gritos que atravesaban en las gargantas y las llamas que ardían allí, donde tenía que estar el cielo.
Sentía un calor tremendo… los frijoles de la sopa me parecían las brazas, el azúcar en polvo de los bollos - a la ceniza… Comía de prisa y echaba a correr al jardín con alegría inmensa en mi alma, porque existía el otro mundo todavía... con el cielo de color profundamente azul, con las flores, árboles, pájaros, con todo lo que me tranquilizaba enseguida...
Mucho más tarde me enteré del nombre de aquel cuadro…
Fue “Ultimo día de Pompeya”, de Karl Brullov, cuyo pincel hizo saltar las chispas por la habitación de una casa en un país donde los volcanes son tan naturales como dragones, gnomos o sirenas.
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