amplíe su mundo
El volcán más terrible de mi vida


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"La cuenca del Océano Pacífico es famosa por la cantidad de volcanes que alberga. Este enorme anillo que bordea casi toda la costa, desde Australia y el sudeste de Asia hasta Suramérica, se llama "El Cinturón de Fuego".

Son líneas de un manual de geografía de la niña que fui yo hace muchos años. Las pocas montañas que había visto en mi vida por aquel entonces siempre estaban silenciosas y el suelo bajo mis pies, estable…

Considero que para los habitantes de la Tierra que vivimos lejos de los volcanes, estos no son más que una abstracción, aunque impresionante y peligrosa.

Al mismo tiempo supongo que para la gente que se ha establecido cerca de las cumbres volcánicas, sintiendo a veces el temblor de la tierra, viendo de vez en cuando el humo que emiten, los volcanes ya forman parte indispensable del mundo que les rodea. Tiendo a pensar, incluso, que en este caso al hombre le resultaría difícil imaginar su existencia sin estos volcanes…

Pero a veces los hechos que a primera vista nos parecen evidentes no son exactamente así en realidad.

Aún guardo el recuerdo de un volcán en plena y majestuosa erupción junto al cual pasé un verano entero de mi época infantil. Aquel lejano verano viví en la casa de una de mis tías…

Para almorzar los familiares ponían la mesa en una sala espaciosa con mucha luz, un aparador antiguo de aristas redondeadas, sofás con cojines de terciopelo y unos enormes cuadros en las paredes.

Procuraba sentarme de tal manera que yo no viese uno de aquellos cuadros que tanto me inquietaba.

Aquel cuadro ocupaba buena parte de la pared y representaba un espectáculo espantoso: gente mirando hacia arriba con gesto aterrorizado y a la vez resignado, gritos que estaban atascados en las gargantas, nubes de color inolvidablemente negro -un color que no dejaba ni una pizca de esperanza para ningún ser vivo- y llamas que ardían allí, donde tenía que estar el cielo…

Sentía un calor insoportable…

Las alubias de la sopa me parecían brasas, el azúcar en polvo de los bollos, ceniza…

Comía de prisa y echaba a correr al jardín con una alegría indecible en mi alma. Allí, donde existía todavía otro mundo, con un cielo de color profundamente azul; con flores, árboles, pájaros, con todo lo que me tranquilizaba enseguida y me hacía olvidar la imagen del horrible volcán hasta el día siguiente...

No recuerdo hablar con nadie sobre este asunto…

Tal vez entonces considerara imposible que cambiase algo en aquella situación.

Mucho más tarde me enteré del nombre de aquel cuadro…

Era “El último día de Pompeya”, de Karl Brullov, cuyo pincel hizo saltar chispas por la casa del país donde los volcanes son tan míticos como los dragones, gnomos o sirenas.
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